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Un laico católico que vivió encendido en amor a Jesucristo Sacramentado, fundó la Adoración Nocturna en España y puso su vida al servicio de la Iglesia.
Decía: “Somos soldados de Jesús Sacramentado y sólo sabemos hacer lo que hace Jesucristo: pedir al Padre por todos, por la Iglesia, por la paz del mundo, por los pecados, por todos los hombres…”
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- Vida Familiar - Tomo a María y José como ejemplo de familia
- Abogado - Fué llamado el "Abogado de los pobres"
- Político - Defendió sus ideales de justicia, libertad y legalidad
- Periodista - Lucho contra la censura y predicó la libertad de expresión
- Fundador - Fundó innumerables asociaciones de culto entre ellas la adoración nocturna
- Seglar - Luis fué un seglar que puso su vida al servicio del Señor
- Mediador de Canjes - Toda su vida ejercitó la virtud teologal de la caridad
- Su tránsito - Sus amigos y colaboradores notaban su agotamiento
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Luis de Trelles, mediador de canjes de prisioneros 
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“Dichoso sería (pues soy cristiano devoto), si mi gastada vida pudiera salvar una sola vida de mis amigos o mis adversarios, que valen más que la mía” (Luis de Trelles)
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Don Luis de Trelles poseía el carisma de la misericordia; dotado de un alma de sensibilidad exquisita, en toda su vida ejercitó la virtud teologal de la caridad, mediante obras de humanidad con los pobres, los indefensos y los marginados por causa de la justicia y esa actividad caritativa trasfundió toda su vida. En este santo ejercicio, el siervo de Dios tuvo un período álgido en el que ejercitó de una manera heroica la virtud de la caridad misericordiosa. Fue la tarea de llevar a cabo una actuación de intercambio de Canje de prisioneros de Guerra; empresa llevada a efecto en el quinquenio 1872-1876. Tarea durísima, en la que sus actos alcanzaron muchas veces cotas de virtud heroica.
En esta gesta grandiosa el protagonismo de Don Luis de Trelles ha permanecido semioculto durante casi todo el siglo XX. En efecto, hasta 1988 en que se emprendió la investigación sistemática de la vida del siervo de Dios, con ocasión de aproximarse el centenario de su muerte (1991), solo se tenía noticias imprecisas de la gesta del canjeo, y ello fue debido a una serie de circunstancias, que movieron a guardar un prudente silencio a todos los que podían divulgar estas gestas. Y también porque el siervo de Dios ocultó celosamente sus innumerables obras de caridad porque él trabajaba sólo para Aquel que ve en lo escondido del corazón, y sólo de él espera la recompensa.
La revolución que triunfó en 1868, que expulsó de España a Isabel II, comenzó de inmediato a hostigar a los carlistas que habían sido vencidos y a los católicos, que adrede, se quiso confundirlos. Fue una persecución cruel, a muerte. Ya Don Luis lo denunció en el Congreso: “…Lo que hubo, fue una orden draconiana, que mandaba que donde quiera que se encontrase carlistas, se les fusilara en el acto, sin consejo de guerra ordinario y sin formación de causa. Y así se hizo en muchos casos. Como el de Montealegre, en que murieron once carlistas, sin cogerles con las armas en la mano. Como el de la Iglesuela, en que se mató a dos, también sin encontrársele armas… Y sobre todo el del Sr. Balanzátegui, que murió heroicamente por negarse a matar a sus adversarios, que murió por mandar a los de su partido que no hicieran fuego, y por esto se quedó solo, y fue hecho prisionero y que, sin Consejo de Guerra, fue fusilado inhumanamente….
Ante esta situación, el abogado Trelles comenzó a actuar en los juzgados, y en la prensa como defensor, y él mismo reconoció: “He tenido el honor de defender a carlistas en los tribunales, obteniendo algunas absoluciones”.
También publicó en El pensamiento Español colaboraciones defendiendo la unidad católica de España; constituyó y presidió una Junta de Abogados para la protección y Defensa de Carlistas, y él mismo intervino como Letrado en muchos recursos de apelación. En este caso es de admirar la entereza del siervo de Dios, que estaba pasando por el dolor del fallecimiento de su hija María Isabel, un padre que amaba tiernamente a sus hijos.
Fueron muy importantes las actuaciones que ejerció en defensa de personajes muy relevantes, como la de D. Lucio Dueñas Caro, cura ecónomo de Alcabon, que se enfrentaba a pena capital y obtuvo la absolución. Asimismo la defensa de D. Joaquín García Muñoz, que junto con sus compañeros habían sido ya condenados por el juzgado de Sigüenza, y obtuvieron la conmutación de su pena.
Como Diputado, siguió siendo defensor de los marginados, pues él decía que el acta de Diputado: me galardona… y anima en la noble empresa de seguir defendiendo a los pobres Carlistas presos y perseguidos. Y desde los bancos de la oposición realizó numerosas interpelaciones parlamentarias, defendiendo siempre a miembros de las dos minorías sociales perseguidas: los clérigos católicos y los líderes carlistas.
Proclamada la Republica (11-02-1873), Don Luis, ayudado por D. Leopoldo de la Plata, se dedicó a constituir y presidir una Comisión de socorro para los presos Carlistas, pues la guerra iniciada en Abril de 1872, ya había sumado a comienzos de 1873 bastantes prisioneros de guerra a la lista de detenidos antes de la guerra; y Don Luis comenzó a actuar visitándolos, obsequiándolos, animándolos y gestionándoles peticiones de indultos totales o parciales.
Fue una actuación admirable, casi increíble, pero es verdad. Lo recuerda el liberal D. Emilio Terrero: “Al principio de esta guerra civil, los carlistas ponían en libertad a los prisioneros, mientras los suyos eran enviados a Cuba. Ni aún esto hizo a aquellos crueles, ni al ejército liberal o a sus jefes ser más generosos. Eran malos tiempos: pero había canjes confidenciales al año de la guerra”. Y conviene anotar que todo esto lo hacía el siervo de Dios en 1872, sin abandonar la atención a su familia y su bufete, la expansión de los Coros, la redacción de La Lámpara del Santuario, la dirección del Centro Eucarístico, ni la atención a las Iglesias pobres.
Eran tiempos caóticos y confusos, en los que los personajes de la política permutaban de partido, cada uno buscando el mejor puesto, y donde no cabían las personas honestas. Por eso consideraban peligrosa la libertad de Don Luis, y en consecuencia el ministro de la Gobernación dictó orden de detención del siervo de Dios, por su condición de Carlista. Y Don Luis, como siempre, ofreció estos sufrimientos al Señor, soportándolos en el silencio. La detención duró algún tiempo, y en la cárcel escribió un hermoso artículo para La lámpara del Santuario. (1.05.1872), titulado: “Consideraciones de un preso acerca del Santísimo Sacramento del Altar”, en el que expresó sentimientos conmovedores: “A primera vista, parece que no se halla relación alguna entre la santa Eucaristía y la situación de un preso, y entre las circunstancias en que se hallan respectivamente el Santísimo Sacramento y el encarcelado. Pero penetrando con la consideración, hay una afinidad entre uno y otro que no puede ocultarse. […] Sí, Dios mío, vos estáis también preso por amor en la Hostia Consagrada…Preso por amor y por voluntad…sois el consuelo de los que están encerrados por orden de los tribunales…”
Fue entonces cuando don Luis trató de buscar un salvoconducto que le permitiera moverse con libertad para gestionar la liberación de los presos políticos carlistas, mediante canjeo por presos liberales. Y el siervo de Dios mantuvo una entrevista con el General José Gámir Maladeñ, tratando de convencerle de la necesidad de organizar un intercambio equitativo de prisioneros entre los dos ejércitos combatientes, que evitara sufrimientos innecesarios a muchos soldados españoles de ambos bandos. El General, un liberal honesto, héroe condecorado en la guerra de África de l859, colaboró con Trelles, siendo mediador con el gobierno republicano al comienzo de las acciones de canjeo. Los procesos fueron muy complejos para gestionar los canjes de cada grupo en distintos lugares y en situaciones de cambios constantes.
A partir de aquel acuerdo, habiendo obtenido el salvoconducto del Gobierno, Don Luis, con gran capacidad ejecutiva, comenzó las gestiones para efectuar los canjes. Entre diciembre del 73 y enero del 74, se acordaron los procedimientos, y ya, sin más comenzaron a funcionar los dos comisionados, y así se inició el descomunal esfuerzo que realizó el siervo de Dios, como comisionado Carlista de Canjes de Prisioneros, los cuales comenzaron en febrero de 1874 y se desarrollaron durante un año por dos personas: don Luis de Trelles y don José Gámir. D. Luis era el promotor de la idea y responsable de su resultado, y en estas condiciones comenzó a realizar su caritativa obra, consiguiendo más éxito del que cabía esperar. La primera lista de prisioneros la envió el 5.02.1874 y nombraba a 511 prisioneros carlistas que se habían de canjear por otros tantos republicanos. Y siguieron otros grupos en diversos lugares: Portugalete, Burgos, Valencia, Asturias, Logroño…
Se sucedieron días de tensión, cuando la república estaba en decadencia, y el último gobierno republicano impuso el destierro a don Luis, el cual fue obligado a alejarse de Madrid. Para continuar la tarea de los canjes hubo de valerse del señor Font de Mora, que de acuerdo con él, gestionó algunos canjes. La situación del destierro se resolvió gracias a un acuerdo entre los dos gobiernos, y aunque surgieron desconfianzas y malentendidos don Luis de Trelles no se desanimó y perseveró en su empeño de liberar a los cautivos. El 1-01-1875 se estrenó el reinado de Alfonso XII, triunfando el bando liberal y el siervo de Dios consiguió un objetivo importante al poder hacer llegar a los canjeados a sus pueblos y comunicar con sus familias.
Gracias a las negociaciones llevadas a cabo por don Luis con el director de la Compañía de Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante, se consiguió regularizar el servicio de trenes en aquel teatro de operaciones.
Animado por el éxito conseguido, Trelles propuso al Gobierno recién constituido el texto de un Proyecto de Convenio de Canjes, cuyas reglas debían respetar los dos bandos en las operaciones de canjes de prisioneros. Se publicó el texto con el título “Comisión de Defensa y Amparo de Prisioneros Carlistas”, y después de muchos intercambios fue aceptado el Convenio. Se formalizó la firma el 18.02.1875, adelantándose en más de 50 años al convenio internacional de Ginebra en 1929, sobre prisioneros de guerra. Don Luis facilitó la libertad del Coronel Sancho, un liberal de gran prestigio; los liberales agradecieron este gesto a don Luis y posiblemente esto ayudó a conseguir que el Convenio fuese firmado.
Sin embargo en la aplicación del Convenio surgieron innumerables obstáculos, que obligó a don Luis a moverse continuamente de un campo a otro, haciendo gestiones, y conversando con distintos políticos ya que se ponían continuamente dificultades y en medio de tantos trámites se cometieron diversos fusilamientos, que provocaban represalias por el bando contrario. Los intermediarios no se comportaban correctamente, y don Luis sufrió mucho por ello. Fueron tantas las trabas que se pusieron por parte de los diversos bandos que el Convenio estuvo a punto de verse roto.
El canje de prisioneros más espectacular fue el del Norte, efectuado el 16 de junio de 1875, en el que se canjearon 734 carlistas y 786 liberales. Fue un evento muy importante, celebrado en Viana (Navarra), de gran relevancia. Siguieron nuevas gestiones para intercambio de prisioneros, pero el Gobierno se propuso endurecer las condiciones de canjes, emitiendo un Decreto de medidas de guerra que estaban en abierta contradicción con el derecho de gentes, por lo que Don Luis usó de todas sus dotes de persuasión para que se cambiaran esas condiciones. Pero el Gobierno se mostraba cada vez más inflexible y el siervo de Dios fue visto como un estorbo. Se le llamó al Ministerio, se le retiró el salvoconducto y se le conmutó por una orden de destierro de Madrid, y en el colmo de malas artes se hizo publicar en la prensa un suelto difamatorio, intentando desacreditar al siervo de Dios, el cual, sin defenderse de las injurias y calumnias, intercedió por la liberación de un prisionero carlista que estaba enfermo para que pudiera morir en su casa.
Fue desterrado a Estella (Navarra), siendo objeto de injusto tratamiento, que le impulsó a escribir al General Goicoechea: “Dejo a su buen criterio las tristes consecuencia de aquella resolución (del destierro), que me coloca aquí en situación poco agradable, con mis negocios abandonados, mi familia huérfana de recursos, y detenido indefinidamente […] Pero en el entretanto dejo a Vd. conocer lo que necesito de su mediación para traer cosas de Madrid, para escribir, para arbitrar desde aquí medios de proveer a mi familia y sobre todo para salir de tan crítica situación. No sé como ha de ser, pero Dios lo ha de arreglar todo, aunque hay momentos que me aplana lo que pasa… (8-9-1875).
En su humildad, el siervo de Dios, sufría, más que por él mismo, por la obra que llevaba entre manos y así escribe desde el destierro: “¿Qué importa, ante los intereses de la humanidad que represento, mi interés personal y el de mi familia? Poca cosa, en esto lleva Vd. razón, y me tendría por indigno del nombre que llevo si comprometiese lo uno por lo otro”.
El Gobierno confuso y fluctuante, emitió con fecha 22-10-1875, la siguiente Orden Ministerial de Guerra: “El Rey, de acuerdo con el Consejo de Ministros, se ha servido alzar el destierro que sufre a don Luis de Trelles y Noguerol”. Y pudo regresar a Madrid.
Don Luis, una vez alzado el destierro, la primera gestión importante que realizó fue ocuparse de los prisioneros heridos que yacían en las enfermerías en los depósitos de Zaragoza, Alicante, Mahon, Isla del Rey, Madrid y Camprodon; tarea de caridad cristiana. Y en seguida realizó otro cometido importante: Firmar el 5-11-75, un “Convenio de Canjes adicional al de 18-2-75”, “Contribuir a que la guerra revista el carácter de humanidad que conviene a españoles que combaten entre sí, y a conseguir que los males de aquella se limiten al campo de batalla”.Este convenio fue firmado por don Luis de Trelles y don José Goicoechea, como comisionados de canjes, lo cual constituyó un momento de gozo para el siervo de Dios.
Pero en aquellas misiones, eran pocos los días bonancibles y muchos los tormentosos, pues el Gobierno manipulaba los acontecimientos y actuaba en contra de lo convenido, y don Luis veía restringidas sus iniciativas, ya que se cometían muchas irregularidades, pero a pesar de todo él siguió con su labor caritativa, intercediendo para que se mejorasen las condiciones de algunos enfermos y la triste situación de los prisioneros. Todas estas actividades coincidían con el problema familiar de la enfermedad de su hija María del Espíritu Santo que el siervo de Dios soportó heroicamente.
Se acercaba el final de la guerra carlista y don Luis intensificó su actividad, consiguiendo algunos resultados y solicitando sin cesar indultos, sobreseimientos y liberaciones de prisioneros. El 28-02-1876, los carlistas fueron derrotados y la guerra concluyó con la victoria de Alfonso XII. Pero don Luis no cesó en su empeño y como seguía habiendo presos, él se sentía responsable de gestionar su liberación, porque su caridad cristiana le empujaba en su misión de redentor de cautivos.
En su empeño de trabajar por ayudar a los privados de libertad, ya que no había lugar para los canjes, dirigió numerosos escritos al Gobierno, intercediendo por los prisioneros, y que no fueron atendidos. Escribió al Presidente del Consejo de Ministros: “Acudí inútilmente al Sr. Azcárraga, signatario conmigo del Convenio de 18 de febrero y me dijo que la suerte de los prisioneros en poder del Gobierno era asunto del Consejo de Ministros. En tales circunstancias vengo a ocupar la atención de Vd., no solo con respecto a los prisioneros, sino también de heridos, sacerdotes que se hallan en nuestro campo, sanitarios, carlistas en prisión…”.
Estos y otros muchos escritos casi nunca obtuvieron respuesta, pero el siervo de Dios no cesó en su empeño, intercediendo en todo momento por los que sufrían prisión. Aunque de forma oficial cesó en su cargo de mediador, ya que el último documento es de 25-08-1876, pero toda su vida continuó ejerciendo la defensa e intercesión de cualquier marginado.
En la empresa de canjes de prisioneros, el siervo de Dios ejercitó la caridad de una manera heroica, consiguiendo salvar gran número de vidas humanas de la expropiación, del destierro, de la prisión o del fusilamiento. La investigación de la labor llevada a cabo por el siervo de Dios ha sido una tarea muy laboriosa y según los cálculos y averiguaciones, superan con creces los 20.000. Todo esto lo hizo a costa de ingentes sacrificios, viajes, intercesiones, súplicas. Sufrió incomprensiones, injusticias, envidias, destierros. Y don Luis supo llevar el sufrimiento con gran espíritu cristiano. Y pudo decir: “Os doy gracias, Dios mío por las pequeñas cruces, sobre todo pequeñas, comparadas con mis pecados que para mi satisfacción y expiación me habéis dispuesto en lo pasado y en lo que me resta de vida. Os suplico humildemente me deis gracia para llevarlas bien, pero que no me ahorréis ninguna, pues son grandes, inmensas las penas que merezco, aunque duela a la parte inferior de mi ser; y mi pobre alma, como la de un reo cargado de crímenes bendice la mano de vuestra divina justicia”
La obra de los canjes llevada a cabo por don Luis de Trelles fue una epopeya de caridad cristiana en la España del siglo XIX, en la que el siervo de Dios libró una verdadera cabalgada caritativa, vertiginosa, efectuada contra reloj, contra los elementos físicos, contra las distancias, contra las pasiones, contra la fatalidad, sin tener en cuenta ningún sacrificio. “Quiero emplear mis pobres fuerzas en defensa de tantos y tan graves intereses, pues no tenemos otro juez más que a Dios”. En su alma ardía el fuego de la caridad que le hacía decir: “Dichoso sería (pues soy cristiano devoto), si mi gastada vida pudiera salvar una sola vida de mis amigos o mis adversarios, que valen más que la mía…”.
Y toda esta labor realizada en la mayor humildad y sencillez, sin mostrar nunca su valía, sin hacerse notar.”En su humildad, don Luis fue una violeta oculta por el cerco de la nieve amontonada por él mismo para ocultarse. Nuestro amor y nuestras oraciones han de ser tan intensas que lleguen pronto a derretir la nieve que oculta la hermosa violeta que fue don Luis de Trelles y Noguerol, de manera que el mundo entero pueda multiplicar la fragancia de aquella alma para mayor gloria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo”. (Francisco Puy Muñoz, “Luis de Trelles, un laico testigo de la fe”. Páginas 229 - 311)
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