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Un laico católico que vivió encendido en amor a Jesucristo Sacramentado, fundó la Adoración Nocturna en España y puso su vida al servicio de la Iglesia.
Decía: “Somos soldados de Jesús Sacramentado y sólo sabemos hacer lo que hace Jesucristo: pedir al Padre por todos, por la Iglesia, por la paz del mundo, por los pecados, por todos los hombres…”
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- Vida Familiar - Tomo a María y José como ejemplo de familia
- Abogado - Fué llamado el "Abogado de los pobres"
- Político - Defendió sus ideales de justicia, libertad y legalidad
- Periodista - Lucho contra la censura y predicó la libertad de expresión
- Fundador - Fundó innumerables asociaciones de culto entre ellas la adoración nocturna
- Seglar - Luis fué un seglar que puso su vida al servicio del Señor
- Mediador de Canjes - Toda su vida ejercitó la virtud teologal de la caridad
- Su tránsito - Sus amigos y colaboradores notaban su agotamiento
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El tránsito de Don Luis 
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“Morir, para quien muere en Jesucristo, es saltar el bajel que aporta a las playas eternales, es dormirse entre hombre y despertar entre los ángeles”
(Luis de Trelles)
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El siervo de Dios Luis de Trelles, gozó de muy buena salud a lo largo de su toda su vida, lo que le permitió desarrollar un gran dinamismo en todas sus variadas y diversas actividades profesionales y apostólicas. Pero ciertamente, toda vida humana tiene su momento de declive; y esto se acusó a partir de cumplir el siervo de Dios los setenta años. El proceso de decaimiento fue muy lento y se percibía más en su movimiento corporal, conservando plena lucidez hasta el final.
Ciertamente los últimos años fueron pródigos en disgustos y preocupaciones por los problemas que surgieron en el proceso de reforma del Centro Eucarístico y de la Adoración Nocturna y sobre la publicación de su querida revista La Lámpara del Santuario, obras que constituían “la niña de sus ojos”, y que fueron causa de profunda pesadumbre, pues se quiso cambiar el rumbo de su obra. Se intentó destituirle de su cargo de director de la Adoración Nocturna y se instauró una dura censura de la revista. Todo esto causó al siervo de Dios gran preocupación y enormes disgustos, que soportó con espíritu de sumisión para abrazar la cruz que el Señor permitía.
A pesar de todo, don Luis siguió con su ritmo de vida de gran actividad de viajes, correspondencia, conferncias, visitas a los Centros…. A partir de 1889, cuando contaba sus setenta años y los disgustos y las fatigas empezaban a hacer mella en el siervo de Dios, siguió con su ritmo de vida y aún con más intensidad, como si previera que el tiempo le apremiaba. En una de sus visitas manifestó que dada su avanzada edad, unida a los achaques que consigo lleva, no sería extraño que aquella fuera la última visita que les hiciera, por eso les recomendaba: que fuesen fuertes, que fueran perseverantes y no desmayasen. Y les pedía un favor: que sí, lo que es de esperar, el Señor en sus designios corta el hilo de mi existencia, me tengáis presente en vuestras oraciones, remedio eficacísimo para conseguir en la otra vida el premio a que no me hubiera hecho acreedor.
También sus amigos y colaboradores notaban su agotamiento con el consabido consejo de recomendarle descanso y que se cuidase, le deseaban más desahogado y bueno de salud, para que no nos olvide y nos haga luego una visita…que nos alegrará, pues todos preguntan por usted y desean verle. Asimismo en otro momento: Consérvese bueno y no deje de escribirnos e iluminarnos con sus buenos consejos.
Cuando se inició el año 1891, el siervo de Dios había de estar ya muy mermado de fuerzas físicas, aunque él hacía caso omiso de la merma. Era consciente de ello, pero seguía trabajando en la viña del Señor con la misma intensidad que otros años. Pertenecía don Luis a una raza especial de humanos, personas que tienen mucha fuerza física, pero mucha más fuerza de voluntad aún, y en consecuencia cuando fallan las primeras, suplen el déficit con la segunda, y prosiguen su trabajo o su misión hasta que se le rompe el cuerpo a pedazos.
Debido a ese agotamiento, don Luis, apenas hizo algún viaje fuera de Madrid, y el último se sus viajes fue el realizado a Zamora, el 19.06.1891 con el fin de visitar sus fundaciones de Toro y Zamora. Y ese viaje fue el último en este suelo. Aunque el siervo de Dios tomó el tren creyendo que solo iniciaba un viaje catequístico más, en realidad estaba iniciando su postrera jornada en este mundo y la primera en el otro.
Aunque la distancia de Madrid a Zamora no es muy largo, los medios de locomoción de entonces, hicieron un largo viaje, de modo que habiendo salido de Madrid hacia las 10 de la mañana, del viernes, día 19. 6. 1891, hubo de llegar a Toro a las veinte horas, a donde acudía para asistir a la vigilia que se celebraba para conmemorar el segundo aniversario de la fundación de la misma. La vigilia se celebró como de costumbre, concluyendo con la santa misa hacia las seis de la madrugada del día 21.o6.1891. Antes de iniciarse la vela el siervo de Dios exhortó a sus compañeros de vigilia: Exhortó a los hermanos a aprovechar y a utilizar las horas de la vigilia, en la expiación, reparación y desagravio de Jesús Sacramentado, y en los demás fines: el bien de la iglesia militante y purgante…la intercesión por toda la jerarquía eclesiástica, la paz pública, el bien del Estado y la conversión de los pecadores…
El mismo día 21 don Luis asistió a la junta general extraordinaria de la sección adoradora y en ella pronunció un sencillo discurso encaminado a acrecentar el amor y cariño de los adoradores a Jesús Sacramentado…explicando con cuanta razón debemos los cristianos estimar y agradecer la verdadera unión reciproca de Dios con nosotros que produce la sagrada Comunión, exhortando a los consocios a desempeñar su oficio de gratitud en nombre propio y de sus hermanos…
El siervo de Dios continuó desarrollando una gran actividad, los días de esa semana, pero el sábado, 27.06, 1891, hubo de quedarse en casa, porque desde la noche anterior comenzó su pasión, que había de durar cinco días. Comenzó como un simple resfriado, pero la cosa se fue agravando, y aunque el siervo de Dios tenía programado regresar a Madrid, hubo de guardar cama. Había realizado un maratón de entrevistas, reuniones y discursos. Estaba rendido de fatiga porque los cinco días que permaneció en Zamora antes de enfermar, del 23 al 27.6.1891, fueron de una labor vertiginosa, cual si quisiera aprovechar las pocas horas de que disponía para dejarnos sus enseñanzas. Apenas tuvo descanso: Vigilia general de adoración, Juntas generales, juntas particulares, visitas…
Don Luis, sintiendo que el mal se agravaba, solicitó recibir los sacramentos de confesión, comunión y santa unción, que le fueron administrados con toda sencillez. Recibió algunas visitas y dictó testamento; y el miércoles, 1.06.1891 entregó su alma al Señor en completa paz a las quince horas, treinta minutos de ese día, cerrando así el arco de su agonía, que había comenzado cinco días antes. De él pudo decirse que en plena actividad le ha sorprendido una violenta pulmonía que al cabo de cinco días le ha llevado a la muerte, habiendo conservado íntegras, hasta el último día, sus facultades mentales, y habiendo empleado todo el tiempo de su rápida enfermedad para prepararse debidamente a comparecer ante Dios. Ha muerto como muere un militar en campaña, lejos de su casa y su familia, con ocasión del servicio; cuidado y acompañado sólo por sus soldados, que aquí fueron los adoradores y las camareras, y tendiendo por sudario su bandera de combate.
Los últimos días de su vida mortal fueron una expresión de la elocuencia apasionada y vehemente de don Luis, daba expansión al incendio de amor al Santísimo Sacramento que devoraba su corazón […] Y acaso este amor fue la causa de su muerte. Nada repugna esta opinión de que don Luis murió consumido por su amor a Jesús Sacramentado. […] De todos es conocida la influencia que en (el organismo) ejercen las pasiones… (Se sabe) que un movimiento de ánimo pasional, vehemente puede producir una enfermedad y aun la muerte. Dado que el amor al Santísimo Sacramento era en don Luis una pasión ardentísima de ordinario…se puede admitir que, exacerbada por los estímulos de los últimos días de su vida, llegara a ser capaz de producirle la muerte.
El siervo de Dios Luís de Trelles libró su agonía de una forma singularmente mansa, serena. Aceptó con total sumisión la voluntad de Dios, y murió en la paz de los justos. No trabó combate con una muerte enemiga. Se fundió en un abrazo amoroso con la hermana muerte porque él estaba preparado para bien morir porque había dedicado muchas horas a entrenar su razón, su voluntad y su sensibilidad en el arte de disfrutar del don de la vida terrena como algo que, siendo magnifico, solo es, sin embargo, un pequeño anticipo del don inmenso de la vida eterna. También se había ejercitado en el hábito de aceptar el dolor físico y la contrariedad existencial para transformarlos en ofrenda de expiación y de glorificación al Señor. En algún momento había escrito: morir, para quien muere en Jesucristo, es saltar el bajel que aporta a las playas eternales, es dormirse entre los hombres y despertar entre los ángeles. Es la propia sentencia del Señor, según san Juan, que el que come su carne y bebe su sangre, vive en el Señor y el Señor en él, y que lo resucitará en el último día. ¡Precioso documento que dora los umbrales de la tumba, y que convierte el sepulcro en puerta de bienaventuranza, alumbrando con vivos resplandores la noche que sigue al último suspiro del hombre que cree!
El siervo de Dios se había ejercitado en la virtud de la esperanza para entregarse a la muerte esperando la resurrección de la carne y la vida inmortal. La sagrada hostia que contiene sustancialmente al Autor de la vida es el germen fecundo de la inmortalidad y de la resurrección en Cristo. “yo soy la vida” dice el Señor. Y él había dedicado toda su vida a amar, adorar y comulgar a Jesús en la Hostia santa. Se había consagrado a fomentar en toda España esa misma atención, meditación, recepción y adoración de la Sagrada Hostia. Por eso lo miraron todos los que lo conocieron como el Apóstol de la Eucaristía, y así lo reconocemos y llamamos quienes sabemos de él por tradición y procuramos imitarle.
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